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Discurso del Embajador de la Delegación Permanente de Venezuela ante la UNESCO, Luís Alberto Crespo, a un año de la partida del Presidente Hugo Chávez PDF Imprimir E-mail

Señor Eric Falt
Director General Adjunto para Relaciones Exteriores e Información al Público de la UNESCO

Honorables Embajadores y Delegados Permanentes
Miembros del Personal de la UNESCO
Invitados especiales, camaradas y amigos
Señoras y Señores

La metáfora es una antigua y noble creación de la poesía. Ella nos enseña a transfigurar toda apariencia, la de los seres y las cosas. Acaso sea un embrujo verbal que logra devolver de lo invisible o lo intocable aquello que sentimos o aquello que alguna vez fue. El hombre es un inventor del olvido y por eso requiere de la metáfora para enfrentarse a la nada y entonces tiene razón Rainer María Rilke cuando nos convence de que las cosas son pensativas. Ya Virgilio nos avisaba que ellas también tienen lágrimas.

Las cosas -cómo dudarlo- están hechas para que las olvidemos, pero si las ha tocado y las ha hecho suyas el hombre entonces se eternizan, aún si apenas sobrevive el más breve resto, la minucia de lo  que algún día fue objeto, alianza de los sentidos.

Hasta aquí, en lo que llevo dicho, podríamos contentarnos con existir: desde nuestro más lejano origen hemos visto y convivido con el olvido, nuestro invento más humano, sino fuera porque nos persigue lo invisible, esa nocturnidad de nuestra conciencia que no haya cómo palpar o mirar lo que existe como corazón y suspiro, como sentimiento e inteligencia. De allí que no tengamos otra ilusión para visibilizar lo invisible que inventar el alma, esa nada llena de dioses y de fervores a la que elevamos templos y escribimos ritos de toda suerte, como las religiones.

Un hombre son muchos y por donde ha pasado ese hombre no habrá nunca soledad, nunca habrá tierra sola, aseveró un indio peruano del Perú que se llamó César Vallejo. De ese hombre, de esa criatura nuestra, hecha de carne y misterio, quiero invocar hoy en este recinto de lo humano universal que es la Unesco, “l´organisation del espoir” lo llamó René Maheu. Uno de sus más altos directores generales.

En esta casa de la paz y de la libertad, donde se cumple o se pretende cumplir esa utopía que nos define como seres soñadores de lo sublime y de su harto difícil atesoramiento, los hombres de este planeta largamente maltratado que clama por nosotros para que lo hagamos más habitable, sin odios, sin hambre, sin desiertos geográficos y morales, nos hemos reunido esta mañana del 5 de marzo del 2014,  para añorar y rendir tributo a uno de los suyos, a Hugo Rafael Chávez Frías, un ser de aldea pobre, ofrecida al cielo de los llanos ardientes de Venezuela, para que en una de sus casa de techo de paja  naciera a la vida y al destino un pastor de pueblos, un acusador de añejas injusticias sociales, un sentimental de la rebeldía y un guerrero de la redención colectiva.

Nadie fue más de tierra que él, como que su cuna fue la vastedad de las sabanas  de polvo y espina venezolanas; nadie fue más libertario, como que su escuela fue la del Libertador Simón Bolívar, con quien aprendió a entender la patria menos como límite geográfico que como pasión común por la soberanía política y sensible, así en la lengua como en el ánima, así en la historia como en el porvenir.  Y se dio a buscar esa patria que lo aguardaba desde 1830, desde la muerte de su maestro en San Pedro Alejandrino,  para que entendiera su lastimadura más honda y terca en cicatrizar. Primero, la tuvo averiguándosela por dentro, dentro de su cuerpo y más allá y quiso medirse con su añoso dolor para encontrar su sanación.

El maestro Bolívar la supo siempre dolida y la supo sobremanera lastimada por sus propios hijos.  No era nada más el país  del llano ni la montaña, menos el del Orinoco y los mares y el ser colectivo que lo puebla, las más de las veces menesteroso, reducido a preterición social, falto de pan y techo, sin poder siquiera deletrear la venta de su existencia por mano de amo.

No, no era sólo Venezuela: era la patria y la patria grande, se la repetía el caraqueño universal, una y otra vez, era la América, esa América que hoy es la de UNASUR, la de la CELAC y la del ALBA.

Y eso bastó: aquel joven de los llanos calurosos que había oído combatir contra la oligarquía a Ezequiel Zamora, el general de los campesinos,  entregaría pronto su carne y su espíritu a vivir incesantemente, con y en nombre de ese pueblo humillado y ofendido, convertido en un vengador de las injusticias largamente perpetradas por sus malhechores quienes se escondían bajo la casaca del servidor público o la charretera de cuartel.

No tardó tanto el tenaz soñador llanero que digo en ver cómo sus pasos de guerrero  se multiplicaron por miles, por millones. Bolivariano legítimo, pocos como él había comprendido que un pueblo es uno sólo, el del campesino, el de a caballo y de la azada, el del pescador y el del obrero, el del soldado y el del guerrillero. Yo lo escuché una mañana en un perdido villorrio de las fronteras de Apure y de Colombia. Nos invitó a que formáramos una sola Venezuela, la Venezuela de Bolívar, la Venezuela de la América nuestra, airada y mansa, rabiosa y compasiva, pero sobre todo digna de sí misma cada vez que el amo personal o corporativo, el del poder económico y político pretendía hacerse con su suelo y con su ser.

Entonces miró a su alrededor: faltaba un grito unánime de rebeldía, tanto tiempo amordazada por regímenes ominosos, vendedores del país, propietarios de inmensidades y hasta de horizontes, genuflexos ante los imperios y el capitalismo. La tierra estaba allí por todos lados, vacía, cerrada con el candado de la apropiación ilegal, la más de las veces, o realenga detrás de una eternidad de alambradas o amurallada de palacios y mansiones sin dueño conocido o siempre de viaje o con el adiós sin regreso.

Señoras y Señores,

Ese grito, ese vasto grito que se oiría en los confines de la Venezuela plana y la Venezuela de las cumbres, la del mar y la del río, la de la selva y la de sus dunas, la de la choza campesina y la del rancho urbano, propagó un nombre. Se llamó, se llamará para siempre, la Revolución Bolivariana, la que hoy ha vencido el analfabetismo, la intemperie por casa, la educación sólo para pocos y devolvió el beneficio de  los bienes culturales a sus creadores y necesitados, difundió la enseñanza tecnológica, prohibió la deserción escolar, la pobreza extrema y avivó a los cuatro horizontes de su espacio el orgullo de ser venezolanos.

Hace unos minutos Yo hablaba del olvido como invento humano, el de las cosas y los seres y también hablaba de cómo nuestro temor a lo invisible, a ese vacío de la nada, podía ser objeto de un conjuro, no cada cien años, cuando despierta un pueblo, como avizorara nuestro Pablo Neruda al hablar del padre Bolívar, si no cada vez que Venezuela y América se llamen Hugo Rafael Chávez Frías, su discípulo.

Por ello me sumo, a nombre de mi país, del gobierno democrático y chavista que preside Nicolás Maduro, puro pueblo, puro Venezuela, y de las naciones de América Latina y del Caribe y del mundo que aspiran a la redención socialista, a que conmemoremos juntos la eternidad de una muerte que se niega a sí misma: la de este comandante eterno de la paz y la justicia social que vive en el pecho de millones de venezolanos y de los habitantes de esta tierra.

Amigos del mundo,

He aquí, de seguidas, el pensamiento y el sentimiento de los pueblos de la Unesco en los labios de sus más levantados luchadores de la paz, la cultura, la justicia y la democracia verdadera, cuyos valores animara  el sueño de este esforzado combatiente de la ternura humana y del triunfo de la felicidad planetaria. No en vano, un clamor recorre nuestras fronteras nacionales y universales: “Chávez vive, la lucha sigue”.     Muchas gracias

 



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